La vida se teje y se desteje. En ese movimiento aparecen
el malestar, la angustia, las crisis; las relaciones que
duelen, el cuerpo que habla cuando las palabras no
alcanzan, la sensación de repetir siempre el mismo
camino sin saber por qué.
El sufrimiento humano es complejo y singular: lo que le
ocurre a cada persona tiene su propia historia, su
propia lógica y unas raíces que van mucho más allá de lo
que se ve en la superficie. Por eso, trabajar en
profundidad significa preguntarse, en compañía
profesional, qué hay detrás de lo que se repite de
manera particular en ti, de lo que duele (y de cómo
duele), de lo que no cede, de lo que uno no termina de
entender de sí mismo.
Nuestra historia forma parte de cómo vivimos el presente
y por lo mismo permitirnos narrarla abre un nuevo espacio
para transformarlo.